La chica del camping

Amateur

La chica del camping
Tercera parte de la historia publicada con el mismo título, recomiendo la lectura de las anteriores, antes de seguir, para no perder el hilo. Espero que os esté gustando.
No hacía mucho que me había despertado de la siesta cuando alguien llamó a la puerta de mi bungaló. Estaba aún espabilándome y, el sonido de los nudillos, me hizo dar un bote del sofá y darme cuenta de que sólo tenía unas décimas de segundo para hacer todo lo que quería hacer.
-¿Quién es? –Pregunté a gritos desde el interior.
-Soy Eva –escuché al otro lado de la puerta.
¿Eva? ¿Ya? Busqué mi reloj para ver qué hora era y me desconcerté. Las siete y media de la tarde. Quité de la mesa las cosas de la comida y las dejé en la cocina. Me metí en el baño para vestirme y, por no hacerla esperar, solo me puse el vestidito de tirantas. Sin bikini ni nada debajo. Por fin, después de unos segundos que me parecieron eternos, pude dirigirme a la puerta para abrir.
-¿Qué pasa? –Pregunté sorprendida -¿Qué haces aquí ya? -.
-Que mi padre ya ha vuelto de Almería de hacer sus recados y ya estoy libre de nuevo -.
-Pasa, no te quedes en la puerta mujer… -.
Eva traía una mochila echada al hombro que tiró sobre mi cama nada más entrar en la casa. Le ofrecí una cerveza y nos sentamos en el sofá a cascar.
-¿Y esa mochila? –le pregunté.
-Pues… Como no tenía muy claro qué ponerme esta noche, he echado varios modelitos para que me ayudes a elegir. De hecho, debería sacarlos de la mochila que no se arruguen demasiado -.
Eva se levantó y abrió la mochila para ir enseñándome lo que había traído. Shorts vaqueros para combinar con un par de camisetas y un par de vestiditos: uno en fucsia y otro con un estampado de flores.
-Es que no termino de decidirme entre el short con la camiseta rosa chicle o si ponerme el vestido fucsia… -.
Se colocó con las manos encima de la ropa los dos modelos, primero uno y luego el otro. Eva estaba ya morena con lo que el contraste de su piel con cualquiera de las dos prendas era un alucine. Me dio envidia de verla, yo aún estaba paliducha.
-¿Tú qué quieres? ¿Qué esta noche me toque el papel de “la amiga fea”? –le dije.
-¿Por qué? –contestó.
-Pues… ¡hija! Porque estás morenita y, con cualquiera de esos conjuntos, tú vas a resaltar un montón y yo, que estoy pajiza, voy a parecer una enferma a tu lado… la fea, vamos… -.
-Pajiza dice… ¿Pero es que no estás viendo el colorcillo que has cogido esta mañana, tonta? -.
-¡Coño! –Exclamé sonriente tras echarme un vistazo a la piel –antes de quedarme frita no estaba así –terminé de decir riendo.
-Bueno… entonces… ¿Qué? –dijo Eva volviéndose a referir a la ropa.
-Que me mola la camiseta… ¡Pero para mí! –Dije riendo –déjamela un segundo -.
Cogí la camiseta y me quité las tirantas del vestidito para que me cayera sobre las caderas y así poder probarme la prenda con comodidad pero, por el contrario, mi vestido terminó de caer al suelo y me quedé desnuda. No me importó. Total, esa misma mañana ya habíamos estado desnudas las dos y habíamos compartido algo mucho más íntimo que la desnudez.
-¿Qué tal me queda? –pregunté tras ponerme la camiseta.
-¡De vicio! ¿Ves como sí que has cogido color? Te queda de lujo aunque más vale que la acompañes con algo porque, si sales así, no creo que la gente se fije en la camiseta precisamente… -bromeó –A ver… date una vueltecita que te la vea también por detrás -.
Nos echamos a reír las dos con el comentario. Era evidente que no iba a salir desnuda a la calle pero, como broma, tenía su gracia. Mientras seguía riendo no dudé en girar sobre mí misma para que Eva viera cómo me quedaba la espalda de la camiseta, que era casi entera abierta.
-Adjudicada. Tú te pones la camiseta y yo me pongo el vestido… -.
-¿Sí? ¿Me queda bien? -.
-De vicio nena… Además así, sin sujetador… -.
-Sí, claro –interrumpí –para que se me marquen los pezones como se me ericen por algo -.
-No seas tonta –terminó por decirme –Lleva forro -.
Cierto, llevaba forro. Me miré en un espejo y comprobé que era lo suficientemente tupido como para disimular los pezones. Y, las cosas como son, lo cierto es que la propia camiseta me recogía bien el pecho por debajo y estaba diseñada para llevarla sin sujetador.
-Pues mira sí, sin sujetador, que aún tengo buenas tetas y puedo presumir de ellas –dije en voz alta.
Me quité la camiseta y la eché sobre la cama, volviendo así a quedarme momentáneamente desnuda mientras me agachaba a coger mi vestido del suelo para volver a ponérmelo.
-¿Te importa si me pego una ducha aquí? -.
-¡Para nada! Lo he dado por supuesto conforme has aparecido con la mochila pidiendo mi consejo sobre qué ponerte -.
-¿Nos duchamos juntas? Hay que ahorrar agua, ya sabes… El cambio climático –bromeó.
-Me he duchado antes de comer y de echarme la siesta pero la cabeza sí que debería lavármela bien. ¿Qué quieres? ¿Qué nos metamos ya en la ducha? -.
-Pues casi que deberíamos. Más vale que nos sobre el tiempo… -.
-¿Qué tienes pensado para esta noche para que necesitemos tanto tiempo? -.
– Vamos a cenar en un italiano y, después, nos vamos a ir de copas a una discoteca que te va a gustar. Pero te lo digo porque son ya las ocho menos cuarto y ya sabes que, con la tontería, las horas se pasan volando cuando dos amigas se arreglan juntas… -.
Sonreí dándole la razón. Durante esta charla acerca de la ducha, había terminado de agacharme para coger el vestido pero no había llegado a ponérmelo, sino que lo sostenía en la mano por si nos metíamos enseguida en la ducha. Así que, una vez que llegamos a esa conclusión, eché a andar hacía el aseo y dejé el vestido sobre el respaldo de una silla. Comprobé que en el baño había toallas para las dos y, tras hacerle un gesto para que me acompañara, las dos entramos en el aseo con la intención de meternos de inmediato en la ducha.
Eva se desnudó en medio del salón y dejó su ropa en la misma silla en la que acababa de dejar mi vestido. Entró conmigo al aseo y, directamente, nos metimos en el plato de ducha. Había pensado en lavarme solo el pelo pero después preferí volver a darme un remojón. Así me refrescaría un poco del calor que había hecho durante la tarde.
En lugar de coger la tradicional alcachofa, Eva accionó los mandos de la columna de hidromasaje para que el agua saliera vaporizada por otros grifos. Al principio salió helada y, automáticamente, se me pusieron los pezones de punta, lo que dio pie a que empezáramos de nuevo a bromear.
-¿Tienes frio o es que te alegras de verme? –me preguntó irónicamente Eva.
-Mi ex sí que se habría alegrado de verme así, con otra chica en la ducha –le respondí en tono jocoso.
-¿alguna vez te propuso hacer un trío? –me preguntó tras gesticular una simpática extrañeza por mi respuesta.
-Sí –contesté –pero no quise -.
-No crees en los tríos ni en esas cosas, ¿No? -.
-Sí, sí que creo en el sexo libre… No es que lo practique pero me parece natural. Pero no, no fue por eso… Es simplemente que, con malos argumentos además, lo planteó en un momento desafortunado… La segunda de las razones por las que decidí evadirme y que me han traído a Mojácar. Recuerdas que eran tres, ¿No? Pues eso, las broncas familiares… -.
-Pues, si te parece bien, vamos a superar este segundo bache… Venga, cuéntame la historia… -.
Mientras nos enjabonábamos en el pelo empecé a contarle… Mi hermana Inés no tuvo otra feliz ocurrencia que, el día de su décimo octavo cumpleaños, soltarle a mis padres que era lesbiana. Mi padre, que es más beato que el Papa, montó en cólera y la echó de casa. Inés, como suponía que pasaría eso, le restregó por la cara que ya sabía que la echaría y que, por eso, se había pillado una casa con unas amigas, que tenía las maletas preparadas y que se iba.
-¿Y se fue? –me preguntó.
-¡Vaya si se fue! –contesté.
Efectivamente tenía todo listo y, delante de sus narices, se fue de casa. Yo intenté ejercer de mediadora y, al darme cuenta de la de frentes que se habían abierto de golpe, terminé por implicarme de tal manera que también tuve mis discusiones con ambas partes. Y la situación había llegado a ser tan tensa que, con frialdad, la única opción que me quedaba para empezar a poner cordura era quitarme yo de en medio.
-Les estoy dejando a todos tiempo para pensar… Todas las cartas están boca arriba y cada uno sabe lo que ha hecho bien y lo que ha hecho mal. Ahora que saquen conclusiones y tomen una decisión sin que esté yo de por medio, que es lo que tienen que hacer -.
-¿Qué crees que va a pasar? -.
-Pues no lo sé. Me gustaría que fuera mi hermana quien se disculpara primero por las formas con que se portó y eso de pie a una charla tranquila con mis padres. Sé que mi padre, cuando se quite la venda de los ojos, sabrá pedir perdón también. Pero, seguramente, termine siendo mi madre quien llame a Inés y la convenza para ir a casa. Cosa que, en cualquier caso, es un primer paso… -.
-Y tú no tienes intención de moverte de Mojácar hasta…? -.
-Hasta que cualquiera de las dos me llame para decirme que ya está todo arreglado. Les dije que me iba por ahí a desconectar y que estaría bien pero que no me llamaran salvo para decirme eso. Y como, total, esto de lo que te estoy hablando pasó antes de ayer, imagino que aún deben pasar tres o cuatro días antes de que me suene el móvil y sea alguna de ellas -.
-Entiendo… -dijo antes de cambiar de tema -¿Y por qué esa situación familiar fue un impedimento para montarte un trío con tu ex y alguien más? -.
-la bronca familiar me tenía muy sensible con respecto a los temas sexuales y mi ex ni supo enfocar su propuesta correctamente ni, peor aún, se paró a pensar en que podía ser mal momento para proponerme algo así. Total, lo que te he contado esta mañana… -.
-¿Y cómo está tu aura en este momento? ¿Te lo montarías en la actualidad? ¿con dos tíos o con chico y chica? -.
-Aunque no practique el sexo libre, como te he dicho hace un momento, si se diera el caso tal vez me gustaría más con tío y tía. Para probar otras cosas que tienen su morbo y para repartirnos el trabajo caso de que el tío tenga mucho aguante –protesté irónicamente.
-¿Te has liado alguna vez con una tía? -.
-Sí, pero no llegamos a quitarnos la ropa en aquella ocasión. Lo de hoy es que ha sido otra cosa diferente y… no quiero que te siente mal, pero te he besado más por el hecho de incrementar mi placer vaginal que por el morbo de que fueras una chica -.
-Pues, ¿quién sabe?, puede que, antes de salir de la ducha, vuelvas a besarme pero con otro animo… que mira que la escena se presta a la fantasía… ¡Y que se joda tu ex!-terminó de decir riendo.
-¿Te imaginas que estuviera ahí, sentado en el váter mirándonos? -.
-¡Se va a enterar! –dijo con una simpática sonrisa maliciosa.
Tenía ganas de ver qué iba a hacer. Eva, que acababa de echarse la mascarilla en el pelo, se enjuagó las manos y cogió el bote de gel para empezar a enjabonarse mientras que me echaba yo la mascarilla y, ni corta ni perezosa, comenzó a extender el gel por su piel como si se estuviera insinuando ante mi ex. Le ponía morritos, le seducía con el movimiento de su dedo sobre un pezón, se echaba hacia delante conforme sus manos iban deslizándose enjabonando sus muslos… En fin, esas poses que todas conocemos y que hemos utilizado más de una vez para provocar a nuestra pareja o al ligue de turno.
-Laura… ¿Me enjabonas tú la espalda? -.
Me enjuagué las manos y las posé sobre su piel. Ella seguía exhibiéndose para nuestro voyeur imaginario y yo comencé a extenderle la espuma por la espalda. Al principio comenzó como un juego inocente en el que, simplemente, le seguía la corriente a Eva pero, poco a poco, comencé a meterme en situación y a imaginar que, efectivamente, mi ex nos estaba mirando. Así que, también poco a poco, el sentido que le daba al movimiento de mis manos por la piel de Eva cambió de la inocencia a la provocación y al deseo. Y, con el calentón, no pude evitar la tentación de enjabonarle bien el culo y colar la mano entre sus cachetes para palparle y descubrir su entrepierna.
Oprimir la palma de la mano contra el coño de Eva fue la sensación más excitante que había vivido en los últimos meses. Se lo froté enjabonándolo bien y sintiendo todos los pliegues de esa fantástica vulva sobre mis dedos. Me puse como una moto con la sensualidad y sexualidad del momento y, a pesar de que había empezado a dejarme llevar para vengarme de mi ex de alguna manera, lo cierto es que estaba dispuesta a que pasara cualquier cosa con Eva y no tenía intención de detenerme.
-¿Me estás metiendo mano? –me preguntó Eva en un tono cómplice al darse cuenta de mi particular manera de frotarle la entrepierna.
-mmmm… Es posible –contesté sonriendo mientras seguía a lo mío.
-Pues que sepas que me estás poniendo muy mala… Y que esta situación no se parece en nada a lo de la playa de esta mañana. O como la hayas llamado antes… -.
Me quedé callada unos segundos en los que nos sostuvimos la mirada. Eva sabía que iba a decirle algo y, esperando a que pasara, permanecía con el culo en pompa, ofreciéndose. Finalmente, y sin dejar de mover la mano, le dije:
-A la mierda mi ex y a la mierda los pensamientos retrógrados de mi padre… somos como somos… -y, acto seguido, mis dedos separaron los labios de Eva para buscar su clítoris.
Lanzarme a disfrutar plenamente de mi primera experiencia sexual lésbica fue lo mejor que pude hacer en ese momento porque descargué en forma de pasión y desenfreno toda la tensión que tenía acumulada, precisamente, por culpa de la manera en que estos temas sexuales se tocaban en mi casa. En cada beso que le daba Eva, en cada caricia con mis manos por su sexo, en cada escalofrío que me recorría al follar con una mujer desafiaba la mentalidad estrecha de mi padre y le rompía los tabúes en la cara. Cuanta más pasión ponía, mayor sensación tenía de estar callándole de una vez por todas. Y, como necesitaba tanto callarle, más me entregaba a disfrutar de aquel encuentro.
En la ducha nos comimos literalmente y nos aprendimos cada una el cuerpo de la otra dibujándolo con nuestras manos por todas sus curvas y rincones. Después de haberle acariciado la entrepierna desde el culo, Eva se había incorporado para besarnos y habíamos juntado los cuerpos pecho contra pecho mientras que nuestras manos se deslizaban jabonosas por toda la piel.
Luego nuestros dedos se colaron por entre las tripas para empezar a masturbarnos. Los suyos sobre mi clítoris y mis dedos sobre el suyo. Con la otra mano nos apretábamos de los cachetes mientras que manteníamos un prolongado beso y así permanecimos el tiempo que fue necesario hasta que a Eva le apeteció bajar a besarme el sexo.
De cuclillas, con las piernas abiertas y apoyando sus manos en mi pelvis, Eva metió la lengua entre mis labios y la sentí dulcemente como la campaneó sobre mi clítoris. Se me doblaron las rodillas y dejé caer todo mi peso sobre el culo, que se apoyaba contra la pared de la ducha. Posé mis manos sobre las suyas y dejé entre gemidos que siguiera lamiéndome. Con la excitación no pude evitar levantar un pie del suelo para frotarlo contra ella y, para mi sorpresa, me encontré con un coño tan lubricado que no pude evitar la tentación de intentar meterle el dedo gordo del pie… que no encontró dificultades para entrar.
Estábamos tan cachondas que la ducha se nos quedaba pequeña para dar cabida al desenfreno que nos poseía. Así que salimos del baño y, sin perder tiempo siquiera en secarnos, nos tiramos sobre la cama para continuar gozando de aquella experiencia.
-la tijera… -susurré casi sin voz, afónica de placer y de deseo.
No había nada que me excitara más en ese momento que la curiosidad por saber que se sentía en esa posición, frotando dos coños para estimularse. Eva cruzó sus piernas por entre las mías y, poco a poco, se fue acercando hasta que sentí su sexo rozarse con el mío. A continuación terminó de encajarse y me hice una primera idea de lo placentera que podía ser la posición. Pero es que, a continuación, Eva comenzó a mover sus caderas de tal forma que, de inmediato, comencé a gemir como una posesa y tardé menos de un minuto en correrme entre cálidos chillidos.
Eva continuó frotándose durante unos segundos más. Mi inesperado orgasmo la había acelerado y no se detuvo porque sentía la proximidad del suyo. Mis espasmos favorecieron el rozamiento y, con la mirada más lasciva que jamás me haya dedicado una mujer, Eva comenzó a gemir cada vez más fuerte hasta que terminó por correrse apretando coño contra coño ayudada por sus manos que me cogían de la cadera… ¡Uff! ¡Qué polvazo más increíble!
Nos dejamos caer boca arriba sobre la cama, totalmente exhaustas y sin respiración. Mientras recobraba el aliento pensaba en lo que acababa de vivir y en lo bien que me había sentado. Aparte, obviamente, de lo muchísimo que lo había disfrutado. Me sentía feliz, despreocupada y tenía también la sensación de que la vida iba a empezar a irme mejor, de que ya estaba saliendo del pozo y estaba de nuevo subiendo peldaños.
Cuando volví a ser persona, cosa que ocurrió pasados un par de minutos en los que Eva y yo nos mirábamos y nos reíamos con cara de “estamos locas”, cogí el reloj para ver la hora.
-Deberíamos empezar a arreglarnos… Pero ya en serio –y volví a echarme a reír.
-Venga sí, que además la mesa del italiano está reservada para las diez… -contestó Eva.
Volvimos a meternos desnudas en el baño para secarnos el pelo y empezar a maquillarnos. Luego Eva se puso un conjunto de ropa interior que era casi como si no llevara nada y, encima, el traje fucsia. Yo me puse una minifalda entubada blanca que me llega a la mitad de los muslos y la camiseta rosa de Eva. Como me la iba a poner sin sujetador, pude ponerme un tanga que traía suelto en color visón de encaje que me encantaba. Nos calzamos, nos examinamos ante el espejo tres o cuatro veces y, por fin, salimos del bungaló cerca de las diez menos cuarto de la noche camino del restaurante.
Después de disfrutar de una cena que estaba riquísima, Eva me llevó primero a una terraza de verano y, después, a otra pero de rollo mucho más chill-out. No es**timamos en copas y nos bebimos todo lo que nos apeteció. No es que estuviéramos borrachas como cubas, que no fue así porque no nos apetecía, pero sí que pillamos un puntillo bastante apañado. Y, en ese estado, el olorcillo jamaicano que se respiraba en la última terraza nos terminó de relajar.
Pudieron entrarnos como seis tíos a cada una a lo largo de la noche pero no le hicimos caso a ninguno. Sin embargo conocimos a un grupo de chavales que nos cayeron bastante bien. Pasamos un buen rato con ellos y, entre las muchas cosas de las que pudimos hablar, también nos invitaron a darnos una vuelta en su yate al día siguiente. No aceptamos de primeras pero nos aseguramos de tener la posibilidad de aceptar hasta el último momento. Así, si se daba el caso, podríamos cambiar de opinión.
Estuvimos con este grupo hasta las tantas de la mañana y, antes de que “el efecto Jamaica” terminara por liarnos más de la cuenta, nos marchamos de nuevo al camping pero con la tarea bien hecha y con la satisfacción de haberlo pasado muy bien toda la noche.
-Elena me ha dicho que conoce a gente de aquí –me dijo Eva.
-Es la única garantía que me da tranquilidad sobre lo de salir mañana en el yate, que Elena venga… -contesté.
Elena formaba parte del grupo de chavales que habíamos conocido. Era la novia de uno de ellos, Miguel. Y me atrevería a decir que, si no llega a estar ella, dudo mucho que nos hubiéramos parado a conocerles. Eva me dijo que intentaría enterarse de algo más sobre esta gente y me dejó en la puerta del bungaló. Era tarde y a las dos nos apetecía tirarnos a dormir. Así que, tras quedar para el desayuno, nos despedimos hasta el día siguiente.

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