Un viejo amigo de mi esposa

Brunette

Un viejo amigo de mi esposa
Al poco tiempo de casarme con mi adorada Anita, cada uno fue presentando al otro algunas antiguas amistades que no habíamos alcanzado a conocer durante nuestro noviazgo.
Entre sus amigos, hubo uno que siempre me cayó bastante bien, porque era bastante simpático y algo zafado. Tenía la extraña característica de ser un tipo obsesivo con el sexo. Su conversación siempre giraba alrededor de ese único tema…
Se llamaba Pablo, pero todos sus amigos le decían Pito.

Apenas lo conocí, lo primero que hizo fue preguntarme por las habilidades sexuales de Anita en la cama. Pensé que el tipo estaba loco, pero al final terminamos hablando abiertamente de sexo…
Terminó confesándome que siempre le había tenido ganas a mi flamante esposa. Me dijo que con solo pensar en el culo de Ana se le ponía la verga durísima y que se mataba a pajas imaginándose entre las piernas de mi delicada mujercita…
No supe qué decirle, pero en ese momento me pareció algo divertido; hasta incluso paradójico, ya ese flaco parecía obsesionado con lo sexual, pero tenía una apariencia totalmente inocente…

Una noche Ana lo invitó a cenar a casa.
Pito se apareció trayendo un par de botellas de buen vino.
La cena fue distendida, bebimos vino, reímos con sus bromas y terminamos tomando un café y conversando, por supuesto de sexo.
Cada uno contó un poco lo que quiso. Fantasías, posturas, experiencias… pero mi mujercita, algo recatada, apenas se animó a contar cosas inocentes. Pito insistió en los detalles de las historias que contaba ella, hablando de un modo muy gráfico.
El ambiente andaba cada vez más erotizado y caliente, cuando mi esposa, que llevaba una falda bastante corta, se levantó en dirección al baño sin darse cuenta de que se le había quedado subida y se le veía toda cola.

Esto fue sin duda la llama que encendió la mecha de Pito, que ya venía bastante incontrolable. Al volver Anita, ya con la falda en su sitio, Pito se levantó y le contamos entre risas lo que había pasado.
Ana nos acusó de que, después de hablar con tanta sordidez sobre sexo, nos asustáramos por ver un buen culo redondo.
Su amigo entonces le pidió verlo de nuevo, para demostrarle que él podía contenerse. Mi mujercita me miró riendo, como buscando aprobación, y yo se la di sonriéndole también. Entonces se subió un poco el ruedo, pero Pito la tomó por la cintura y le levantó toda la falda, diciendo que antes lo había mostrado así.

Ana lo regañó entre risas y ambos permanecieron de pie, mientras yo seguía sentado en el sofá. Continuamos hablando de sexo…
Pito me preguntó por mi primera vez. Yo empecé a relatarlo todo con mucho detalle, pero en un momento me di cuenta de que algo raro pasaba. Anita estaba muy colorada y parecía transpirar.
Seguí hablando, disimulando, hasta que empecé a sospechar que, por la espalda, sin que yo pudiera ver nada, esa mano escondida de Pito podía estar haciendo algo raro. Me puse de pie y efectivamente, pude comprobar que esa mano traviesa estaba debajo de la falda de Anita, acariciándole el culo, mientras seguía atentamente mi charla como si nada…

No pude reaccionar. El tipo estaba manoseando a mi esposa en mi propia cara y se hacía el boludo como si no pasara nada. Y ella tampoco reaccionaba.
De repente pude ver que la cara de Ana ya no reflejaba tanta incomodidad. Se estaba relajando con el manoseo de ese caradura, que ahora sabía que yo lo había descubierto…

En lugar de detenerse o disimular, el tipo siguió, impasible. Luego, sosteniéndome la mirada, giró la cabeza para mirar directamente al culo de mi mujercita, como diciendo: “si, lo estoy haciendo…”

Entonces, aprovechando mi falta de reacción, Pito levantó otra vez la falda de Anita y le dio varias cachetadas en el culo.
“Qué hermoso culo, amiga… qué suerte tiene tu maridito, de poder cogértelo todas las noches…” Susurró al oído de mi esposa.
Miré a Anita y la sorpresa fue detectar el momento justo en que ella se mordía los labios. Si, era inequívoco, parecía estar poniéndose muy caliente con toda esa situación.

“Tranquilo, Víctor, no te pongas nervioso…” Me advirtió el turro.
Yo me quedé de pie, mirando a Anita, que estaba con su cara colorada, sin poder entender si me pedía permiso o perdón. Sin darle tiempo a reaccionar, Pito estiró una mano y comenzó a frotarle la labia por encima de la diminuta tanga.
“Flaco, te estás pasando de la raya…” Le advertí
“Para nada… a tu mujercita le encanta esto…” Respondió.
Entonces entendí que, este turro de apariencia tan inofensiva, se había cogido más de una vez a mi esposa en el pasado…

Pito se agachó frente a mi mujercita, que ahora temblaba un poco y deslizó la tanga a un costado. Comenzó a darle lamidas a los labios vaginales, aumentando cada vez más la intensidad, hasta que a Anita se le escapó el primer gemido de placer. Fue entonces cuando decidí que ya no podía hacer nada para evitarlo. Mi delicada mujercita se había entregado a ese flaco, que iba a terminar esa noche cogiéndola como en el pasado…

Pito comenzó a palparle el culo y a darle algunos sonoros cachetazos. También la humillaba, diciéndole cosas como:
“Ahora vas a mostrarle a este cornudo de esposo cómo se porta una buena putita cuando tiene una buena verga adentro…”
Ana no parecía estar muy preocupada, sino todo lo contrario; su cara de placer era indescriptible. Contestaba con monosílabos a las preguntas de su amigo: “Te gusta mi lengua, putita?” “Vas a gritar mucho con mi pija adentro de tu conchita?” “Vas a gozar con la culeada que te voy a dar…?”

A todas sus preguntas mi mujercita contestaba que si, con la voz entrecortada, a punto de llegar a su primer orgasmo. Pito volvió a meter la cabeza entre sus muslos separados, haciendo un lento pero brutal trabajo de mordiscos, aspiraciones y lamidas…
“Basta… me vas a hacer acabar, hijo de puta… por favor…”
Gimió Anita, en voz muy baja, apenas audible.
“Así me gusta, putita… que acabes para mí…” Sonrió él.

Entonces le metió los dedos a fondo en la vagina ya empapada, provocando que a ella se le cortara la respiración y se doblara por la cintura, mientras un temblor incontrolable en todo su cuerpo, me dejaba ver que estaba acabando como una perra…
Nunca había visto a mi mujercita acabar así, gracias a una lengua y unos dedos. Pensé que Pito iba a conformarse solo con eso, pero estaba muy equivocado.

De repente se incorporó y sacó la verga de sus pantalones. El hijo de puta la tenía bastante grande, además de erecta. Pensar que Anita se había dejado coger por esa pija en el pasado, me provocó un poco de morbo y una buena erección…
Mi delicada esposa se inclinó, sin que su amigo se lo pidiera, metiendo esa verga tiesa en su boca de labios rojos. Pensé que sería extensa mamada para cerrar la noche; pero otra vez me equivoqué.

A poco de empezar ella chupando, Pito la levantó entre sus brazos y la alzó en vilo. La hizo descender sobre su propio cuerpo, hasta lograr que Ana se empalara suavemente sobre su verga.
Anita comenzó a quejarse, ya que la punta nomás era bastante gruesa. Pero el flaco desoyó sus quejidos, y continuó metiendo su pija dura hasta lograr llegar al fondo. Ella siguió lloriqueando, diciendo que le estaba haciendo daño.
“Antes no te dolía…” Le dijo Pito socarronamente al oído…

Las quejas y gemidos de mi esposa iban en aumento. La pija dura empezó a entrar y salir entera de esa delicada concha, cada vez más rápido. El muy hijo de puta se detenía afuera, golpeaba con la punta los labios vaginales y le preguntaba a Ana si la quería otra vez adentro.
Anita lo insultaba y le gritaba que no la hiciera desear, mientras trataba con desesperación de moverse para volver a sentir esa cosa gruesa dentro de su castigada vagina.
Entonces el turro se reía y volvía a hundirle la verga hasta el fondo, sin contemplaciones. Y ella negaba con la cabeza, volviendo a aullar de dolor…

Me acerqué a Pito, para decirle que le estaba haciendo daño.
Se quedó quieto mirándome, mientras entonces Anita movió sus caderas, tratando de seguir el ritmo de esa intensa cogida. Pito volvió a la carga, con más intensidad, con mucha más brutalidad, mientras Ana redoblaba sus alaridos y aullidos.
Pero de repente cambió el tono de esos gemidos. Ahora eran de placer. Enseguida ella volvió a acabar aullando como loca y después quedó exhausta, abrazada al cuello de su amigo.

Pito la llevó en andas hasta nuestro dormitorio y allí la puso en cuatro sobre nuestra cama marital. Me miró desafiante, mientras le mandaba la verga hasta el fondo a Anita desde atrás. Ella se impulsó hacia adelante con ese primer embate brutal y luego siguió gimiendo con suavidad, mientras Pito le bombeaba la concha.
Mientras la cogía de esa manera tan dominante, le tironeaba el pelo hacia atrás y le comía la boca a lengüetazos, mientras Ana seguía gimiendo como poseída, pidiéndole más y más…

El ritmo de ese turro era impresionante. Mi mujercita ahora se retorcía de placer, gimiendo y exigiéndole a su amigo que no dejara de cogerla. De repente, para mi asombro, Ana se revolvió y lo volteó a Pito boca arriba sobre la cama. Se puso a horcajadas sobre él y comenzó a cabalgar sobre su verga erecta lo más rápido que pudo. Enseguida aulló de placer y acabó por tercera vez.
Pito la tomó por el pelo y la levantó de su cuerpo. Le metió la verga con brutalidad hasta el fondo de la garganta y la obligó a que se la comiera entera. Ella lo hizo demostrando desesperación por esa pija…

De repente Pito la detuvo y volvió a tomarla por los pelos, sacándola de la cama y arrastrándola hacia el ventanal. Corrió las cortinas y aplastó a Ana contra el cristal que daba hacia la calle.
Volvió a penetrarla desde atrás y le dio bastante duro, mientras ella aullaba y suplicaba por más verga. De pronto la tiró nuevamente en la cama, boca arriba. Le abrió las piernas y la penetró muy despacio, haciendo que Ana se retorciera gimiendo de placer.
Entonces por fin Pito acabó. Le llenó la concha de semen mientras ambos aullaban como locos. Me pareció que Anita también llegaba a un cuarto orgasmo.

Después de recuperar ambos el ritmo de respiración, Pito me acompañó hasta la puerta de mi propia habitación. Me empujó afuera y cerró la puerta detrás de mí.
Me acosté en el sofá del living, mientras podía oír los gemidos de Ana. Esta vez sonaba diferente y entonces supe que ese hijo de puta le estaba rompiendo el culo a mi mujercita…

Por la mañana al levantarme, ambos estaban en la ducha. Ana estaba de rodillas bajo la lluvia tibia, comiéndose la verga dura de su amigo.
Me quedé mirando su delicada lengua recorriendo ese enorme tallo venoso y entonces supe que ese turro de apariencia tan inocente, iba a cogerse a mi sensual mujercita cada vez que se le antojara…

Y yo no podría hacer nada para evitarlo…

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