Lobo feroz

Lobo feroz
No eres más que una zorra calientapollas- le tenía que haber dicho, pero no, le he deseado buenas noches y me he despedido hasta mañana. Llevo el suficiente tiempo en las redes sociales para saber cómo funcionan, y sé que prima la paciencia. No me importa esperar, seguir una estrategia, acechar, confundir a la presa, como un lobo. Aunque ella ya no tenga la edad de Caperucita. Estos ojos y esta boca tan grandes, estas manos enormes y este rabo gordo son para hacerlo todo mucho mejor. Y no importa que luego venga el cazador, porque para entonces yo ya habré saciado mi hambre. Mientras llega ese día, que llegará, cierro el chat, me acomodo en mi sillón ergonómico, y abro a plena pantalla la foto tan sugerente que ella me ha enviado antes de decirme que sólo busca amistad. Viéndola lamer un helado con un cucurucho deliberadamente grande, con un escote ante el que la palabra vértigo se queda pequeña y mientras en el reflejo de sus gafas de sol puedo adivinar caer la baba del fotógrafo de turno, mi mano, subiendo y bajando, ayuda a que bajen las pulsaciones y se me pase el enfado.

Ninguna cuarentona que busque únicamente amistad pone como foto de perfil una imagen en la que enseña más de media teta. Así de claro. Por eso estoy aquí de nuevo, y por eso está ella; porque soy su mejor opción, por cercanía, por físico, porque sé decir lo que ella quiere escuchar en cada momento, porque sé cuando calentarla y sacar su lado más sucio sin que lo parezca, porque no parezco tan desesperado como los demás por acostarme con ella, aunque lo esté. Costará, pero llegará ese momento más temprano que tarde en la que ella pida una cita. Tomar un café, pasear, charlar… todo quiere decir follar.

Si no lo es, lo aparenta muy bien. Sólo hay que ver la forma de chupar la cucharilla con la que acaba de dar vueltas a su capuccino. Como en la foto con el helado. Si en una primera cita uno muestra sus puntos fuertes y esconde los débiles, ella me está demostrando que sabe utilizar muy bien la lengua. Además está la diferencia de estatura y la perspectiva y su costumbre de llevar sueltos los dos primeros botones de la blusa, que hacen inútil cualquier esfuerzo de mi imaginación. Y mientras la mayor parte de mi cerebro está concentrado en encontrar ese momento en el que los pezones se le marcarán en la brillante tela de su camisa, hay un reducto de mis neuronas que no han desconectado, que aun son capaces de reír sus pretendidas gracias, de contestar a sus preguntas y de presentarme como un buen partido. Al final quedamos en una cafetería, terreno neutral, pero cerca de mi barrio. No me lo dijo, que quedó claro que no quería que nadie la pudiera ver conmigo, y aunque no sé cómo tomármelo, tenerla en mi terreno me puede acabar favoreciendo.
Nos hemos reconocido al instante, tampoco fue tan difícil. Habíamos intercambiado fotos, y el lugar tampoco estaba tan concurrido. No se lo diré nunca, pero tiene algún kilo de más para su estatura, aunque tampoco se pueda decir que es rellenita; el pelo corto, con un peinado moderno, parecido a uno de esos edificios de líneas arriesgadas construidos por genios de la arquitectura, pero teñido de un rubio excesivo que le hace parecer algo mayor de lo que me ha confesado. Si es que no se quita años, que todo puede ser. Lleva un anillo grande en su mano derecha, varias pulseras que asoman en el trozo de brazo que deja descubierta su chaqueta, tiene los ojos verdes, bonitos, la verdad, y un colgante negro a juego con el anillo que encamina mi mirada una y otra vez hacia sus pechos…

No sé qué he dicho pero se ha echado a reír. Espontánea, estruendosamente, como si hubiera soltado el mejor chiste del mundo. Si lo he hecho no soy consciente. Tal vez sea el reducto estajanovista de mi cerebro. El caso es que mientras caminábamos sin rumbo ella se ha echado a reír, y se ha acercado tanto a mí que nos hemos rozado. He sentido el roce de su cuerpo en el mío, he sentido sus pezones corneándome en las costillas y me ha gustado. He estirado mi brazo y he rodeado su cintura. Seguimos caminando. No se separa, no tengo que retenerla abrazada, sólo va cambiando la inclinación de mi mano: de la cintura a la cadera, un leve giro y siento el tacto firme de su culo en mis dedos. Ya casi estamos.
– ¿Por qué no me invitas a subir a tu casa?- preguntó de pronto. Ya hemos llegado.

Nada más franquear la puerta la empujo contra la pared. La beso y ella se deja besar. Mis manos ansiosas recorren su torso sin saber dónde detenerse; ella suelta el bolso sin preocuparse de qué se le pueda romper. Nos besamos, nos lamemos, nos mordemos. Mi lengua hace una inspección profunda de su boca. Crecen su deseo y mi polla. Suelto los pocos botones que puedo soltar en su blusa. Dios, qué ricos… Bronceados, pecositos, algo caídos, cierto, pero apetecibles a más no poder. Aparto su chaqueta, su camisa y los sobo con ganas acumuladas. Me agacho ligeramente, cojo aire y me sumerjo en ellos. Beso, lamo, estrujo, inhalo, muerdo, aprieto, mamo… Mis sentidos se recrean en sus tetas. Ella tampoco se arruga y hace un buen rato que, por encima de las ropas, soba el bulto que crece en mi entrepierna. Trepo de nuevo hasta su cara y abrimos la boca al unísono para devorarnos.
– Vamos… vamos- me apremia. Cuando bajo la vista para que los gestos de mis dedos resulten menos descoordinados, observo que ella ya ha soltado su pantalón y que me aguarda en tanga. A la mierda el preservativo. Suelto el cinturón, abro el botón, y sin esperar a que el pantalón se deslice por mis piernas, bajo de un tirón el calzoncillo y agarro mi polla. Ella la mira, no dice nada pero sé que le gusta: cabezuda, largura media, grosor generoso. Lamo su cuello, ella echa la cabeza hacia atrás sin prevenir el golpe que se dará en la nuca. Aparto con la mano izquierda la tela de su ropa interior mientras que con la derecha dirijo mi acometida. Ella apoya bien recta la espalda en la pared, contrae los músculos del culo y eleva las caderas; yo me encorvo, apoyo el pene en sus labios y repentinamente me elevo. Oh, si… ¿Por qué hemos perdido tanto tiempo chateando si era esto lo que deseábamos desde que intercambiamos el primer saludo? Estoy dentro, ella da un respingo y se muerde el labio. Me retiro levemente y vuelvo a empujar. Reímos. Un golpe más y nos convencemos de que aquello es real. Ritmo, trato de darle ritmo. Entro y salgo, salgo y entro. Apoyo mi frente en la suya, su mirada busca la mía. Empujo, empujo… Mi boca trata de encontrar algo de humedad en sus labios, pero éstos arden; toda ella arde. Sus dedos se entrelazan con los míos. Ella levanta la pierna, rodea las mías. Trato de mantener la cadencia. Sus manos se posan en mi pecho, peinan mi vello, me hacen cosquillas. Trato de no desconcentrarme; paso ligero, un, dos, un dos… Su calor se traspasa a mi cuerpo. Dentro, fuera, dentro, fuera. Nuestras bocas se encuentran, nuestros cuerpos chocan. Mis manos abrazan su espalda, busco su trasero, la levanto en el aire, bota sobre mi polla. Su braga rebelde me incomoda, ella la aparta de nuevo y aprovecha que sus dedos ya están ahí para estimular su clítoris. Yo sigo a lo mío. Su cuerpo me pesa, los brazos se me cansan, empiezo a sudar. O ella o yo. No puedo desfallecer, no ahora. Inicio una nueva tanda, entro, salgo, entro, salgo, entro…
– Ay, sí, sí… así, no pares, sigue, sigue- empieza a farfullar entre gemidos. Un pequeño esfuerzo, una gran recompensa; si se corre yo tendré unos instantes para recuperar fuerzas. Agarro mejor su cuerpo, pongo más ímpetu. Empujo, empujo, pareciera que la quisiera empotrar en la pared. Se corre. Un último empentón y, sin salir, me retiro lo suficiente para no acabar preso entre sus convulsiones. Observo su cara, sus bonitos ojos se tornan en blanco y su boca abierta como si hubiese tenido una aparición. Hago que deje de levitar y la deposito en el suelo. Trastabilla, no sé si todavía le tiemblan las piernas o es que ha apoyado mal un tacón. Nos miramos y nos agradecemos mutuamente sin hablar.

La beso; los dos tenemos que exigir a nuestras gargantas una dosis extra de saliva que poder intercambiar. Sigo bajando por su cuello y un aroma mezcla de perfume caro y sudor me embriaga. Después esos pechos… No los suelto, los junto, los subo, los bajo, clavo en ellos mis dientes y mis uñas. Levanto la vista, se muerde los labios con los párpados caídos. Se está calentando de nuevo, tengo que seguir mi viaje. Su vientre palpita, siento en mis labios el calor de su sangre yendo y viniendo. Su escaso y cuidado vello púbico, de un color que no acierto a definir me indica que ese debe ser el tono natural de sus cabellos. Estampo un morreo en sus labios, mi lengua se deleita con un retrogusto de orgasmo. Ella posa sus manos en mis hombros: primero me aparta, luego me atrae hacia sí. Bajo completamente sus bragas.
– Vamos a ponernos cómodos- le digo. Ella escruta mis movimientos mientras le levanto una pierna, luego otra, saco sus zapatos, el pantalón busca una salida. Un pie, el otro y su tanguita está en mis manos. Lo huelo; cuando se marche se lo pediré de recuerdo. Deslizo su ropa por un suelo no demasiado limpio, confío en que sabrá perdonármelo. Después la blusa y la chaqueta, desnudo sus hombros, y finalmente emprenden el vuelo desde mi mano al montón de su ropa. Recoloco su cuerpo, la espalda apoyada en la pared, las piernas ligeramente separadas y flexionadas, que sus muslos sufran un poco. Luego vuelvo a su cuerpo. Un lametazo largo, sucio, de abajo a arriba para ponerla en preaviso. Escupo sobre su sexo, mi lengua extiende la saliva para darle un brillo especial. Gime. Entierro la cabeza entre sus piernas, se revuelve. La frente apoyada en la parte más baja de su tripita, la nariz aspirando el perfume de su vello, y los labios sobre los suyos. Mi lengua se cuela lo suficiente en su coño como para comprobar que quiere guerra, respiro, y vuelvo de nuevo. No sé cuanto dura su tortura, en cualquier caso demasiado para su cuerpo desentrenado. Es incapaz de mantener las piernas flexionadas, así que opto por pasar una de ellas sobre mi hombro, con su femoral bombeando en mi oído. Mis besos caen por su muslo, me concentro en su concha. Me ayudo de los dedos, separo sus labios. Rosáceo y tímido observo su clítoris. Inesperadamente soplo sobre él. Ella ríe, y presa de las cosquillas intenta cerrar las piernas. No le dejo, vuelvo a su pipa. Lo beso, lo lamo, trato de pinzarlo entre mis labios. ¿Cómo decía el cuento? Para comerte mejor… El tintineo de sus pulseras me avisa que sus manos se van a posar sobre mi cabeza, sus uñas rasgan mi cuero cabelludo. En esta postura estoy indefenso, ella ve a las claras que me falta pelo; en esta postura está indefensa, la veo deshacerse cada vez que mi lengua ataca su sexo. Gime, aplasta mi cabeza y gime. Cuando su respiración se acelera sé que es irreversible. Se corre de nuevo. Asisto en exclusiva a su orgasmo, su coño empieza a segregar flujos y mi boca bebe de ellos.

Cuando me incorporo la beso. Su cara tiene la sonrisa inimitable de la felicidad. La giro y hago que se mire en el único espejo de cuerpo entero que tengo en casa y que teníamos casi enfrente. Su pelo algo más alborotado de lo que había previsto la laca, la cara colorada y el cuerpo brillante por el sudor. Le gusta lo que ve. A mí también. Me desnudo con prisas y contemplo nuestro reflejo en el espejo: dos perfectos incompletos. Sólo falta un detalle y ella se ha dado cuenta. Alarga la mano y agarra mi pene; algo crecido pero perdida la dureza. Sujeto su brazo a la altura de la muñeca y guío sus movimientos. Surte efecto, crece algo y se hincha como el pecho de un pollo. Ahora sí, aunque siempre se puede estar mejor. Cuchicheo en su oído, ella se detiene, me mira, una sonrisa pícara cruza su rostro y comienza a arrodillarse.
– Ah…- gimo. La suavidad de sus labios, la humedad de su lengua; cierro los ojos y me dejo mecer por su boca. Me quiere corresponder y pone empeño; ya no estará más dura, lo sé pero dejo que lo intente. Empieza con unos cabeceos cadenciosos, que me llevan de la carnosidad de sus labios a la blandura del lateral interno de su mejilla pasando por el afilado castigo de sus dientes amarillentos. Con su mano diestra mantiene orientado el mástil, su cabeza se inclina y su boca traga. En mi mente la veo lamiendo el helado de la foto, la cucharilla del café, pero al abrir los ojos compruebo que es por mi verga por donde trepa su lengua insaciable. Tengo el capullo rojo como sus labios, el rabo a punto de reventar y los cojones duros como piedras. Me gustaría empujar su nuca, invitarla a tragar más y por más tiempo, me gustaría llenarle la cara y el pelo de leche, me gustaría ver su reacción, comprobar si traga o escupe, pero si me corro ahora habrá terminado la tarde y los dos tenemos ganas de más, así que le dejo dar unos cuantos chupetones más y hago que se incorpore. Le agradezco el detalle con un morreo y un cachete en su trasero.

La giro. Frente a nosotros dos cuerpos que se me hacen conocidos a punto de follar en un espejo. Tengo la sensación de estar pasando un examen y no sé si quiero aprobar; voy a darlo todo y poner lo mejor de mí, pero no sé si quiero aprobar. Si sale bien tal vez tendríamos que traspasar la puerta del recibidor. Eso significaría que ella ha entrado en mi vida, y no sé en virtud de qué quiero que entre en ella. Cuando la conocí únicamente me la quería follar, ahora no sé lo que quiero. Así que, mejor, comencemos por el principio. Beso su nuca, ella ladea el cuello ronroneando y mis manos se cuelan bajo sus axilas hasta agarrar sus tetas. Su tacto me aclara las ideas. Inclino su cuerpo ligeramente, hasta que sus manos se apoyan en el cristal, ella saca culo y choca con mi polla. Me pongo en posición, me agarro a sus caderas, y simplemente empujo.
– Ooohhh…- gemimos los dos al unísono, parecemos un coro. Separo sus piernas para darle amplitud a su coño y empiezo a balancearme. Me muevo lento, tratando de contener las ganas de correrse de una polla que su mamada dejó al borde de la eyaculación. Su cara gacha y la mirada hipnotizada por el baile sin fin de sus pechos reflejado en el espejo. Mis manos ascienden por su espalda, hasta mojarse en el sudor que se le desliza desde el cuello, luego vuelvo a agarrarme a sus caderas. Sigo follándomela en tandas cortas. Unos cuantos metisacas que nos aceleran y luego una pausa alojado en su coño; ella trata de mover su cuerpo para acunar a mi rabo. Y cuando menos se lo espera una serie de empujones más bruscos para que su placer se licue.
– ¿Te gusta, eh?- pregunto. Sé que es así, estoy bañado en sus flujos y viendo su rostro delirante, pero quiero que me lo confirme.
– Sí, me encanta…sigue, no pares-. Cumplo sus órdenes. Cambio las caderas por los hombros, y agarrado a ella la empujo contra mí: quiero clavarme en ella, quiero hundirla en mí. Follamos, nuestras carnes chocan continuamente, envolviéndonos en un eco que nos hace entrar en trance. Levanto la mirada y encuentro su reflejo acalorado y sonriente en el espejo. Tacto, oído y vista. Huelo la cercanía del orgasmo, así que empiezo una nueva tanda. – ah…ah..ah.ah- sus gemidos se aceleran y me animan. Muevo mi cuerpo con todos los bríos de los que soy capaz, empujo mi polla una y otra vez, tratando de alcanzar ese rincón donde nacen los orgasmos. No sé cómo, pero lo he encontrado. Su cuerpo se agita, sus suspiros se hacen gritos y una suave lluvia moja su coño. Resisto las sacudidas de su vagina mordiéndole entre el cuello y el hombro, y un sabor salino llega a mi paladar. Retiro la polla y golpeo con ella sus labios. Ríe y da un respingo. Mis manos trepan por sus brazos, agarro sus manos y se las sujeto detrás de la espalda. Mi cuerpo empuja el suyo hasta que sus tetas se aplastan contra el espejo y el maquillaje de su cara deja una mancha de grasa en el cristal. Quien sabe, si la invito a adentrarse por el pasillo, quizás termine ella limpiando sus propias marcas. Fuerzo su cuello hasta que ella vuelve la cara y le como los morros. Me pego a su espalda, hago que junte las piernas. Así su coño se estrechará más. Quiero terminar. Devuelvo la polla a su interior. La breve pausa me ha hecho recuperar fuerzas. Empujo, y en cada viaje sus pechos se empotran más contra el espejo. Pongo en cada uno de mis embestidas un poco más, de ganas, de fuerza. Ella grita pero no se queja. Tiene que saber cómo soy antes de cruzar la puerta; me quito la careta. Sujeto firmemente sus manos entre las mías en la parte baja de su espalda, sus hombros se duelen, y va a dar de bruces contra el duro cristal en cada golpe. Mis caderas apenas se separan de sus nalgas, movimientos cortos, bruscos, y la contundencia de mi polla. Nos acercamos al final. Ella gime, yo gruño. Comienzo una nueva tanda. El manantial de su coño se activa de nuevo, pero no me detengo. Las pocas fuerzas que me quedan se transforman en golpes secos, necesariamente certeros, y finalmente siento mi rabo reventar y el semen saliendo disparado… Recupero el aliento apoyado en su espalda, y riendo miro al techo como el que aúlla mirando la luna.

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