La zapatería

Brunette

La zapatería
En mi zapatería siempre nos hemos dirigido a mujeres de un poder adquisitivo medio/alto, sin embargo, a partir de la crisis tuvimos que modernizarnos y comenzamos a comercializar producto más joven para intentar atraer más público.

Se habrán fijado que hoy en día casi todas las mujeres visten con zapatillas deportivas, los tacones dieron paso a las plataformas y éstas al zapato plano, para finalmente acabar todo en las deportivas, así que para un fetichista de los pies y las piernas de las mujeres ha sido una faena.

No se imaginan cuantas mujeres disfrutan que un hombre se arrodille ante ellas y les calce o descalce el pie.

El otro día estábamos a punto de cerrar y entró una madre con sus dos hijos. A estas alturas del curso es habitual que vengan los padres con sus hijos para comprarles calzado nuevo para las colonias. Era prácticamente la hora del cierre, así que les dije a mis dos dependientas que se marcharan, que yo me quedaba con los clientes y cerrar.

Los ojos se me fueron directamente a la madre. Tendría 45 años y vestía muy bien, creo que ya había venido alguna vez a la zapatería porque esas piernas me sonaban. Vestía un traje de chaqueta y falda, zapatos negros de charol de tacón de 8cm y medias finas negras, un cuerpo atlético y media melena rubia lisa. Dieron una vuelta por la tienda y me pidieron unos náuticos para el chaval. Se sentó la madre con el niño en el sofá y aprovechando que le probaba los zapatos miraba furtivamente las piernas de la mujer.

Recibió una llamada y disculpándose se levantó del sofá. Tenía las piernas cruzadas así que no perdí detalle cuando se levantó, y según salía por la puerta me quedé mirándole el culo. Se contoneaba como una modelo en la pasarela, parece que lo hiciese a propósito.

Volvió a entrar e inclinándose sobre el niño comprobó que la talla era correcta, yo estaba a sus pies y la abertura de la americana y la blusa me dejó ver el generoso escote que tenía. Confirmando que estaba todo correcto y mirándome me dijo que se los llevaba.

Fuimos al mostrador, les empaqueté los zapatos y cobré y según salían por la puerta la hija le dijo a su madre:

– Mami adelantaros vosotros que voy a mirar unas zapatillas para mí.
– Está bien hija, toma dinero.

Yo ya tenia las llaves en la mano para cerrar y en la mente solo pensaba en ir a la trastienda, bajarme los pantalones y pasearme pensando en la clienta, pero cual fue mi sorpresa cuando al girarse la hija me fijé bien en ella. Tendría 18 años, morena, pelo largo hasta media espalda perfectamente alisado con una diadema blanca. Ojos grandes verdes y labios carnosos. Vestía el uniforme del colegio, falda tres cuartos, calcetines y camisa blanca, zapatos negros bastante desgastados y un jersey anudado al cuello verde. Sentándose en el sofá me pidió unas deportivas blancas en la talla 35.

– Vaya piececito más pequeño tienes – le dije mientras cogía las zapatillas.
– Sí, siempre tengo problema en encontrar zapatos – me contestó sonriendo a la vez que cruzaba las piernas para soltarse los cordones.
– Aquí las tienes, este año se llevan mucho las blancas puras, sin más colores ni nada.

Ella asintió, qué le iba a explicar de moda a una cría pegada a Instagram todo el día, sabía perfectamente que son la última moda.

Me arrodillé a sus pies, como hice antes con su hermano, y sin darme cuenta le estaba examinado con más detalle que a su madre. Tenía unas piernas más cortitas pero musculosas, y el vuelo de la falda dejaba más a la vista que a su madre, ademas llevaba las piernas desnudas, solo cubiertas por los calcetines y sin un solo pelo. Tras quitarse los zapatos negros salieron sus dos diminutos pies enfundados enfundados en los calcetines que se veían muy descoloridos por el betún negro del zapato.

– Uyyy, perdón, no sé si puedo probármelas así?
– Mira, normalmente no te dejaría, pero ya que estamos solos y eres la última clienta te dejo, pero mejor sin calcetines.

Levantándole un pie y poniéndolo sobre mi rodilla le quité el calcetín despacio, disfrutando de que mis manos recorriesen todo el camino, y una vez desnudo dejó a la vista las uñas pintadas de rosa clarito. Tenía la pedicura hecha perfectamente y a penas tenían aroma.

Le calcé la zapatilla, y después hice el mismo procedimiento con el otro pie. En todo el proceso nos intercambiábamos miradas, las suyas muy inocentes, las mías no tanto. Se puso de pie, se miró en el espejo, dio vueltas sobre sí misma levantándose la calza más de lo debido y sonriendo me dijo:

– Me encantan!! Me las llevó.
– Muy bien, te sientan genial, ¿quieres llevártelas puestas? – le pregunté
– No no, quiero que esté nuevas para el sábado que salgo con mis amigas.
– Perfecto, pues ahora te las empaqueto.

Pasó a mi lado para sentarse de nuevo, rozó con la calza mi hombro poniéndome en alerta maxima, y cuando se sentó en vez de cruzar las piernas las dejó entreabiertas frente a mi. Le mire a los ojos, no estaba seguro si se me estaba insinuando así que actué con normalidad y le descalcé un pie. Cuando cogí el otro pie y comencé a soltarle el nudo colocó su pie desnudó muy cerca de mí y me acarició la pierna. Le quité la otra zapatilla y esta vez no lo retiró, y abriendo un poco las piernas me dijo en voz baja agachándose hacia mí:

– Te gustaba mi mamá eh? No le quitabas ojo.
– Ehhh no sé a qué te refieres – le contesté
– Te gusta más que yo? – me preguntó mientras dejaba caer el pie sobre mi entrepierna.

No pude resistirme a sus encantos, a la forma en que me hablaba y se movía, y su pie enseguida notó mi erección.

– Vaya con el Zapatero… – dijo entre dientes
– Déjalo aquí niña, creo que es mejor que pares. – le advertí
– O qué – me retó
– O tendrá consecuencias que una niña como tú no debe conocer.
– Crees que no sé lo que quiero? – preguntó sin dejar de masajear su pie contra mi polla.

Le retiré el pie como pude y me puse en pie, recogí las zapatillas y me dirigí al mostrador. Mientras empaquetaba las deportivas le perfílense un momento de vista y sin darme cuenta apareció gateando bajo el mostrador, extendió la mano y agarrando mi paquete comenzó a lamerse la mano como una gatita.

– Está bien niña, tú lo has querido. – le sentencié mientras bajaba mi bragueta y sacaba mi polla dura.

Comenzó a lamerme los huevos mientras con la mano subía y bajaba mi prepucio con suavidad. Joder si sabía lo que hacía la muy zorra. Subiendo la lengua por el tallo me miraba fijamente con ojos de lujuria y dando mordisquitos para acabar hundiendo toda la polla en el fondo de la boca.

Succionaba sin parar, sólo para tomar aire y tragar las babas que emanaban de su boca, yo le veía y aumentaba mi excitación de aquella manada….dios qué placer…entonces soñó la campana de la puerta: ding ding.

– Ha visto usted a mi hija? Se marchó ya de aquí? – preguntó la madre
– Pues ehhh, se f…ya no est… – no conseguía articular palabra, la niña chupaba sin parar para tensar más la situación.
– Está usted bien? Le veo alterado.
– No no…esto..to..toy biennnnnnn – y según acaba la frase notaba como mis huevos disparaban una corrida lechosa caliente descomunal que la boca de la joven no desperdiciaba y tragaba sonriente.
– Estoy aquí mami, que se me había caído el dinero. He comprado unas bambas blancas y el señor me las está empaquetando.

Me sonrió, cogió el paquete y se marchó sin pagar, aunque cobrando en leche.

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