Andrés presenta a Tamara

Big Tits

Andrés presenta a Tamara
Unos días más tarde del brutal abuso anal que había sufrido Anita a mano de los amigos del mecánico; mi auto se descompuso y no tuve otra alternativa que llamar a este turro.

Escuché su desagradable carcajada cuando le conté el problema:

“Que me lo traiga tu esposa; si ya se le cerró un poco ese culo…”

Lo insulté, diciendo que Ana todavía seguía lastimada y que yo mismo le llevaría mi auto.

Ana se mostró contrariada con mi decisión y me suplicó que le permitiera acompañarme. Dijo que ya se sentía mejor, estaba bastante caliente y tenía muchas ganas de que su macho la cogiera otra vez sin muchas contemplaciones.

Tuve que ceder, así que, al mediodía siguiente enfilamos hacia el taller. Anita no se había arreglado demasiado, aunque llevaba unas calzas negras de lycra bien ajustadas, que moldeaban sus perfectas piernas y realzaban las curvas de su hermoso culo.

El mecánico nos recibió en la entrada y cerró la persiana del taller luego de entrar el auto, por lo que supuse que la iba a enfiestar un buen rato a mi dulce mujercita.

La besuqueó y toqueteó sin reparar en mi presencia; pasó una de sus toscas manos dentro de las calzas y supe que le había metido un dedo en el culo cuando Ana gimió sobresaltada.

“Este orto ya está bien apretado como a mí me gusta…” Dijo.

Nos hizo pasar a su oficina y allí nos encontramos con la primera sorpresa de la tarde: sentada en un gran sillón había una hermosa mujer de unos cuarenta años, con un rostro muy sensual, los cabellos enrulados oscuros atados en una cola de caballo, un cuerpo increíble, enfundado en unas calzas de lycra azules bien ajustadas. Fumaba con expresión aburrida, pero sus ojos se iluminaron cuando nos vio entrar.

“Ella es Tamara, una amiga que quiere pasar un buen rato…”

Sonia se levantó de su asiento y se dirigió hacia Anita, pasando frente a mí sin mirarme.

Pude comprobar que su cuerpo era escultural, unas tetas enormes apenas contenidas por una remera de algodón que dejaba ver sus pezones endurecidos y erectos; un culo perfecto que parecía torneado a mano, largas piernas que se veían todavía mejor gracias a unas sandalias de tacos altos que me parecieron terriblemente excitantes. Sus movimientos eran felinos…

Tamara le lanzó el humo a Ana en la cara y en cuanto ella abrió la boca, se la comió en un beso interminable. Luego la miró con sus ojos felinos y le dijo con una voz ronca:

“Anita, mi amigo dice que te coge bastante seguido delante de tu marido; así que supongo, no te incomodará que el pobre me coja a mí mientras te quedas quietita mirando, no…? “.

Antes de que Ana pudiera articular palabra, Tamara giró y se acercó a mí, apagando el cigarrillo en el camino.
Apoyó sus firmes tetas contra mi pecho y me comió la boca en un beso de lengua infernal, mientras abría mi bragueta.

Se agachó y sacó mi verga, que a esta altura ya estaba durísima y pulsante. En dos segundos sentí su lengua recorriendo mi aparato; se lo metía hasta el fondo de la garganta y me lo chupaba con mucha habilidad, mientras me miraba fijamente a los ojos…
Ana al principio había quedado tildada, mirando a esa hembra arrodillada con mi verga dura metida en su sensual boca.

Pero enseguida Eduardo se deslizó detrás de ella, metiéndole una mano dentro de sus calzas para acariciarle la concha humedecida.

Yo seguía gozando de una espectacular mamada y cuando sentí que estaba a punto de acabar, Tamara se incorporó diciéndome:

“A mí me gusta que me rompan el culo, nene… te animarías…?”

Se apoyó boca abajo en el escritorio y deslizó sus calzas apenas, dejando ver solamente un dilatado orificio anal, brillando a la luz gracias a un gel lubricante esparcido generosamente.

Me acerqué con mi verga en la mano y se la dejé ir de una sola embestida, penetrándola sin dificultad, mientras ella gemía suavemente, girando su cabeza para mirarme sonriente.

La aferré por las caderas y empecé a bombearla con más ímpetu, incrementando el ritmo, sintiéndome poderoso dentro de ese culo tan perfecto, que se abría cada vez más con mis embestidas.

Aproveché la cola de caballo para tirarle la cabeza hacia atrás, mientras ella buscaba mi boca para besarme; Tamara solamente gemía y jadeaba, acompañando mis movimientos con su cuerpo, su redondeado culo yendo al encuentro de mi dura verga.

Después de un buen rato de deslizarme dentro y fuera no pude aguantar más y exploté en un orgasmo infernal, mientras sentí que me vaciaba y le llenaba el culo con mi semen urgente y tibio.

Caí sobre ella mientras recuperaba el aliento y luego saqué mi verga de su cuerpo, todavía endurecida a pesar de ese polvo.

Tamara sonrió satisfecha y se incorporó, acomodándose otra vez las calzas en ese escultural cuerpo.
Se acercó a Ana, que a esta altura había experimentado un par de orgasmos gracias a los dedos de Eduardo explorando su concha.

Le susurró sensualmente al oído:

“Ahora es tu turno, Ana, vas a disfrutar de una buena culeada…”

Anita no entendía la situación, pero entonces Tamara la hizo girar e inclinar, quedando apoyadas sus hermosas tetas en el respaldo del sillón grande. Luego le bajó las calzas negras hasta las rodillas y también deslizó un poco las de ella.

Entonces Tamara embistió el culo de mi mujercita, que dio un grito desgarrador de dolor, quedando con la boca abierta, intentando tomar aire. La veterana soltó una carcajada y se echó hacia atrás, cuando entonces pude ver otra nueva sorpresa…

Tamara tenía entre las piernas una terrible verga de por lo menos treinta centímetros, mucho más gruesa que la de Eduardo…

Estaba erecta, durísima y por causa de semejante tamaño Anita había gritado tanto. La risotada de Eduardo me volvió a la realidad.

“Pero… Víctor, terrible puto resultaste ser, te dejaste chupar la pija por un hombre y después le dejaste el culo como una flor, no te habías dado cuenta…?”. No, realmente no.

Mientras Tamara masajeaba su poronga para mantenerla dura, me pidió que le lubricara un poco la cola a mi mujercita con saliva, porque estaba demasiado estrecha y no quería hacerle daño.

Me agaché y comencé a lamer y chupar la estrecha entrada anal de mi esposa, al tiempo que sus gemidos iban en aumento. Cuando estuvo bien lubricada, Tamara apuntó su gruesa tranca hacia mi boca y me dijo que a ella le había encantado chupármela; ahora yo podía devolverle ese favor…

Le dije que no podía hacerlo; que nunca podría chupar una pija…

Tamara volvió a reír y nuevamente penetró el culo de Anita de un solo saque, provocando que ella soltara otro desgarrador alarido.
La sujetó por los hombros y comenzó a bombearla frenéticamente, mientras mi mujer aullaba, y suplicaba que la cogiera más y más.

La cogida fue bastante prolongada, durante un buen rato Anita se aguantó esa enorme tranca entrando y saliendo de su culo sin piedad, mientras Tamara no daba señales de cansancio.

Su ritmo era constante, bombeando con muchísima energía. Mi mujer aullaba como una loca y pedía que la cogiera aún más; ella jadeó y gimió hasta que repentinamente se quedó callada, para abrir la boca sin gritar y demostrar que había alcanzado un intenso orgasmo…

Eso pareció excitar a la veterana, que unos segundos después dejó escapar un ronco sonido y se quedó muy quieta, mientras unas suaves contracciones de sus caderas demostraban que esa poderosa verga se vaciaba en el interior de mi esposa.

Tamara descansó unos instantes besando la espalda de Anita y después se retiró muy despacio, mostrándome que todavía tenía la pija durísima, me la ofreció mientras susurraba:

“Ahora tiene sabor a tu mujercita, podrías limpiármela…”

Me arrodillé frente a ella y comencé a lamer ese tronco lubricado por su semen. Jamás se me ocurrió que podía chuparle la verga a otro hombre, pero la visión de esta hembra tan sensual realmente me volvió loco. La dejé limpia con varios lengüetazos y entonces Tamara me tomó por los cabellos y me hizo incorporar, al tiempo que me comía la boca en un beso húmedo.

Anita no me había visto haciendo esto último, ya que seguía todavía boca abajo sobre la mesa, recuperando el aliento después de semejante culeada.
Eduardo se acercó silenciosamente por detrás de ella con la verga dura entre sus manos y se la hundió de un solo saque en la concha, lo cual le provocó a Ana un prolongado gemido de placer.

Mientras el hijo de puta la cogía, Tamara y yo nos acomodamos en el sillón; al notar ella mi tremenda calentura, sacó mi verga y me la chupó hasta que acabé otra vez en su garganta.

Me susurró con su sensual voz ronca al oído:

“La próxima vez me toca a mi romperte tu lindo culo…”

Luego se arregló un poco las ropas, se miró en un espejo y simplemente, desapareció. Al mismo tiempo Eduardo le provocó un muy audible orgasmo a Ana y enseguida le llenó su dulce concha.

Le dejamos el auto para que lo arreglara y nos volvimos a casa caminando en silencio. Yo no podía dejar de pensar en todo eso.

Un travesti me había chupado increíblemente bien la verga, yo le había roto el culo después a él; que luego se había culeado a mi esposa y finalmente yo le había lamido esa enorme verga…

Era algo increíble pero así había sucedido.
Pero lo peor de todo era que… me había gustado…

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